Amadeo I
Amadeo I Salí de la gruta con flojera de piernas y desmayo de mi corazón, y en todo el largo trayecto desde aquel lejano barrio al mío, fui pensando en la catástrofe que esperaba y temía. Al dar en mi calle los primeros pasos me detuve a pensar si no me convendría más volverme atrás y emprender definitiva y veloz carrera en sentido contrario. La imagen de María de la Cabeza Ventosa de San José se me ofrecía en el pensamiento como la de una espantable hidra… Por fin, anteponiendo a todo mi dignidad de varón, avancé hacia el peligro y me metí en la tienda… Las caras de los dependientes me dieron la impresión de estupor, de miedo y lástima… Yo les dije: «¿Qué hay de nuevo por aquí…?». Y como no me contestaran, quedándose ante mí cual estatuas de hielo entre percales y lanillas, les dije otra vez: «¿Qué hay por aquí…? ¿Y de ventas qué tal?». El mayor de ellos respondió: «Así, así… ¿Y a usted cómo le ha ido por esos mundos?».
—¿Qué mundos ni qué carneros?… ¿Cabeza no está?
—Creo que ha salido. Suba usted y le dirán…
Subí medio muerto de sobresalto. Salió a recibirme Jesusa, la criada vieja que a Cabeza servía desde tiempo inmemorial. No esperó a escuchar el metal de mi cortada voz para decirme: «Cabeza no está. Se ha ido a casa de su tía doña Florencia».
—¿Pero no vendrá pronto?