Amadeo I

Amadeo I

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—Algo han hablado, por mi fe. «Es mucho Tito este», decía el señor de Bringas. Según don Roque Barcia, usted se había perdido en los laberintos federales. Ni don Mateo Nuevo, ni don Roberto Robert, ni ningún otro dieron razón. Y todos a una decían: «Perdido está entre faldas…». ¡Ah!, se me olvidaba… Llegó ayer una carta… La firmaba una Marquesa… A ver si me acuerdo… La Marquesa de Pata del Cid… Decía que el señor Tito se había puesto al servicio de las damas católicas y alfonsinas, y que con ellas pasaba el día y la noche… Ya se vio que era broma. Pero detrás de las bromas salen las verdades… Conque a despejar pronto… Cabeza no vuelve a su casa, ya se lo he dicho, ¡caramba!, hasta que usted no se haya perdido de vista.

—Pues, ea, me voy al otro mundo —dije avergonzado de la ultrajante despedida—. Me llevo mis papeles… Ella se lo pierde. A ver, a ver, Jesusa: llame usted a un mozo de cuerda, para que me lleve el baúl. Y diga usted a Cabeza que la perdono. Ella se lo pierde… Ella es la reacción; yo soy el progreso; pero el progreso indefinido… No lo digo yo. Lo dice Ruiz Zorrilla en estas páginas que han de ser inmortales… Ea… con Dios… Abur… Conservarse. ¡Oh, qué país! Al español honrado no se le hace justicia hasta que se muere… Pues venga la muerte, y tras de la muerte vendrá la justicia, vendrá la apoteosis.


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