Amadeo I
Amadeo I Entré en la calle, y como a primera vista no reconociera la casa, fui mirando los números, y atontado anduve de abajo arriba sin encontrar el 16 que buscaba. Aturdido pregunté a una mujer que parecía portera: «¿No es este el 16?». Respondiome que era el 14… «El siguiente será 16», dije yo; y la maldita vieja, que me miraba con sorna, tomándome por demente o borracho, pronunció estas fatídicas expresiones: «El número que sigue es el 18. En la calle no hay 16. Lo hubo. ¿Ve usted esa valla de madera que sigue? Pues en ese solar estuvo el 16…, si usted no manda otra cosa…». No pude menos de hacer una juiciosa observación: «Anoche debió de ser derribada la casa, porque ayer estuve yo en ella. Y si así no es, habré yo confundido el número. Dígame, ¿no vive en este 14 una señora que llaman doña Graziella? Si no es aquí, será en el 18». Oído esto, la portera me dio la contestación más inconveniente y soez: «¿Sabe lo que le digo? Que si viene usted dormido, aquí tengo yo el palo de la escoba para despertarle… Y váyase pronto a que le den el amoníaco».