Amadeo I

Amadeo I

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—Juran y perjuran poniendo su mano al revés sobre un falso Evangelio.

—¡Anda, que del indecoroso plantón que les dio el Rey, se acordarán mientras vivan! Yo le dije a Sagasta: «¿No te sientes humillado? ¿Eres un cochero que viene a pedir plaza en las Caballerizas?». Y él, rascándose la barba, me contestó: «Paciencia, madre Clío; este oficio pide mucho aguante y resignación por arrobas. La política es valle de bilis». Dos horas les tuvo Amadeo en la antecámara. A lo mejor salía Dragonetti con recaditos: «Dice Su Majestad que si traen el programa». Y el riojano de amarillo rostro y boca rasgada, respondía: «El programa no lo traemos; pero… se traerá. El amigo Colmenares lo está confeccionando…». Confeccionando, como si fuera un pastel o una torta de dulce… Vuelve Dragonetti con dulzura oficiosa, y dice: «Que si no traen el programa no juran». Yo disimulaba mi enojo hablando de teatros con la Marquesa de Constantina. El hombre del tupé bajó al Ministerio de Estado con De Blas, y los que allí quedaron se miraban asustados de su paciencia ovejuna. Me acerqué al Ministro primerizo, y le dije: «Simpático pollo antequerano, parece que estás triste. Te ha tocado un estreno de mala sombra». Y él desplegando su boca y mostrando su blanco dentamen, se sacudió así la broma: «Madre, la buena sombra la traigo yo conmigo… Sea usted benigna, y dejaré memoria de mí».


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