Amadeo I
Amadeo I La inesperada presencia del autor de mis días sacudió todo mi ser, privándome del habla por un mediano rato… Y el pobre señor, más envejecido que viejo, se conmovió intensamente al verme tan alicaído, si bien su pena no tardó en dulcificarse, pues por la carta angustiosa de Delfina, temía encontrarme en un manicomio. Pasada la efusión primera, y dada cuenta de toda la familia, mi padre planteó la cuestión secamente. Había venido por mí. Yo no dije nada; me sentía máquina rota. ¿Y cuándo nos iríamos al pueblo…? Aquella misma tarde. «Bueno… pues vámonos». Así dije, y mi padre dio las órdenes a Ido para que aprontara mi ropa y todo mi bagaje, con excepción de libros, pues no consentía que llevase conmigo las causas de mi desarreglo mental, que eran la vida loca de Madrid, el hervidero de las ideas disolventes, y las lecturas de obras perversas que inducían a la inmoralidad y al crimen… Él no tenía nada que hacer en la Corte, que odiaba y maldecía… «Yo no me separo de ti —me dijo—. Tomaremos un bocado al mediodía…; yo con un caldo me arreglo. Hoy es vigilia de precepto».