Amadeo I
Amadeo I El sueño no quiso apagar mis arrebatados pensamientos. Mi desvelo fue parte a que me fijase en una señora que a mi vera estaba, la cual durmió hasta más allá de Ávila, y poco después, volviéndose a mí, me preguntó que cuánto faltaba para llegar a Bribiesca. Al contestarle que allá iba yo también, vi que era de agradable rostro, lozana y risueña. Al instante reapareció en mi ser el caballero galanteador, sentí mi cabeza despejada, y mi corazón henchido de amor a toda la humanidad femenina. Empecé por acometerla con discretas finuras, sondeando hábilmente su receptividad galante. Mantúvose firme un buen rato, ni admitiendo ni rechazando las varas que yo quería clavarle; más yo saqué las armas retóricas de mi arsenal persuasivo, y a poco de medirlas con la recatada concisión de la dama, supe que era viuda sin hijos, y que tenía fincas en la Bureba… Poco a poco fue entrando en el nimbo de simpatía que sé formar entre mi persona y una blanda hembra. Desde Medina a Valladolid la dama recompensaba mi rendimiento con sonrisas, y un juego de ojos que fue como si las estrellitas del cielo se colaran en la penumbra del coche. Más animado yo en cada estación, pues por estas contaba yo las etapas de mi aventura, rompí a cantar, cerca de Burgos, la cavatina de mi declaración, con la mala pata de que en los primeros compases despertó mi padre, y estirándose y bostezando exclamó: Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar. Al terminar la frase, hizo la señal de la cruz sobre su boca, y sacando el rosario se puso a rezar… Me había cortado el resuello… ¡Ay, si no fuera mi padre…! Entre dos avemarías, pronunciadas a media voz, me dijo: «Tito, ¿te encuentras bien? ¿Has podido dormir?».