Amadeo I

Amadeo I

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—Y puesto a comparar, mi señor don Tito, diré a usted en confianza que entre este reyezuelo y aquel otro respetable y sentado cristianísimo monarca don Carlos María Isidro hay alguna diferencia… me parece a mí… Y dígame ahora, hágame el favor, dígame: ¿Dónde tenemos un Zumalacárregui, un Villarreal, un Gómez, un Zariátegui, un Cabrera?… En cambio, veamos los que han salido a la palestra… ¿Pero no se ríe usted? Yo me descuajo de risa. Han salido armados de punta en blanco, Canaelechevarría y Solís, dos clerigachos guerniqueses, que no pueden ni con el hisopo… Le digo a usted que esto es un paso de comedia… También ha ido el danzante de Urraza, síndico del Ayuntamiento… Y ahora, mi buen don Tito, no se enfade si le digo que su cuñado de usted, el marido de Trigidia, Ignacio Zubiri, que anda no sé por dónde haciendo el papelón, es un calzonazos que se asusta de ver pasar un conejo… ¡Bonita guerra nos traerán, bonita! Yo barrunto que estos van a su negocio… Guerra y guerra de figurón, para luego venderse al Gobierno de Madrid, y pescar grados y galones. Otra vez el infiel Maroto que vendió como carneros a los hombres de fe, a los guerreros cristianos de España… ¡Oh, España! ¿Quién te sacará de esta miseria?… Los leones que pelearon en aquella soberbia campaña, o se han muerto, o están como yo con una garra en la sepultura. Nuestro galardón no está aquí sino allá —añadió con solemnidad señalando al cielo con su cayada—. Dios nos acoge en su santo seno, y dice a estos malos imitadores: «Mequetrefes, no intentéis lo que es superior a vuestra flaqueza. Dejad las armas hasta que me plazca resucitar a mis hombres, y les mande a defender mi causa».


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