Amadeo I
Amadeo I Por la tarde fui con mi padre a visitar al amigo Choribiqueta, que a la hora de ritual nos dio chocolate con exquisitos bizcochos. Y tomando los tres el Guayaquil, repitió don José Miguel los solemnes conceptos sibilíticos que había expresado ante mí… Entusiasmado quedó mi buen viejo, y no sentía sino que él no fuera también resucitado para ver la maravilla del siglo XX. Al volver a casa, le vi engolfado en soliloquios que eran destellos de la misma idea consoladora… Llevándome a su cuarto a la hora de acostarse, tomó el tonillo más patético y dulce para decirme: «Tito, hijo mío, ya que trayéndote a esta tierra de la virtud y de la fe, te hemos curado de tus desvaríos, yo te ruego que apliques tu ingenio y dotes oratorias a ilustrar a estas buenas gentes sobre aquel punto de la venida del Reino de Dios. Tus ideas han cambiado de una punta a otra del pensamiento. Eras hereje, y herejías y locuras y pestilencias predicaste. Hoy eres creyente y acatas la ley divina. ¿Qué trabajo te cuesta regalarnos con un buen discurso que instruya y consuele? Yo me he cansado de decir a todos los amigos de acá que eres un verdadero pico de oro, que en Madrid entusiasmas, y que alguna vez te sacaron en hombres tus oyentes. Pues si tales triunfos obtenías cuando predicabas la mentira, ¿qué tendrás ahora, reformado y arrepentido, proclamando la verdad? Yo, sin esperar tu consentimiento, he dicho que mañana por la noche nos darás una conferencia en la sala de esta casa, que es bastante capaz… No, no me vengas con repulgos, ni arrumacos de falsa modestia. No, Tito…; yo he anunciado la plática tuya, y no has de dejar mal a tu padre. Di que sí. Tienes la noche y todo el día de mañana para prepararte. A más de los amigos, que ya están en el ajo y esperan la función como pan bendito, convidaré a las personas principales del pueblo, sacerdotes, señoras…, señoritas…».