Amadeo I
Amadeo I Tal era mi público, arcano cuyo seno guardaba la rechifla o el aplauso. Aunque nunca me ha faltado el valor en casos semejantes, sentía ligero escalofrío, y mis ideas se acobardaron, refugiándose en lo más hondo del cerebro… Pero llegaba el instante en que el pundonor y el sentimiento del deber habían de arrollar al miedo y a los falsos escrúpulos con que el alma desconfía de sí misma… Tendí mis ojos sobre el apretado concurso. El aleteo de los abanicos me infundió ánimos, no sé por qué. Tras de cada abanico, adiviné un corazón de mujer… ¡Ah!, mujeres. ¡A ellas!, me dije, y salí. Acogido fui por un murmullo; que allí no se estilaban los aplausos. Puse las manos sobre el respaldo de las sillas, que eran mi tribuna, y con firme aliento, y plena conciencia de mi triunfo ante las damas y mujeres, solté las primeras palabras: «Señoras…, señores…».