Amadeo I

Amadeo I

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Heme aquí de visiteo todo el santo día, sin olvidar a las monjitas, y menos a mi predilecta, la que di en llamar señora gorda, y ahora designo por su verdadero nombre, doña Josefa Izco de Larrea. Ya comprenderá el ladino lector que, encontrándola sola en mi primera visita, juzgué oportuno aprovechar la buena coyuntura para colocar, entre los tópicos vacíos de un vago parloteo, una pérfida declaración de amor. Díjele que por las singulares circunstancias de mi vida y por la exaltación a que había llegado, mi espíritu necesitaba un amor puro, un amor místico, y que en ella veía el único ser capaz, por su exquisita idealidad, de acoger aquel amor… enteramente angélico, sin el menor atisbo ni vislumbre de melindre sensual. Poniéndose colorada y haciendo con su boca linda unos repliegues muy monos, contestó que siendo el amor rematadamente puro, en toda la extensión de la palabra, afecto espiritual, sutilísimo y sonrosado, no tendría inconveniente en… Al siguiente día, después de acompañarla a misa, le conté, como yo sabía hacerlo, la vida de Santa Cecilia y San Valeriano, que fueron novios y tuvieron el gusto de ser martirizados antes de casarse. Oíame Josefa Izco con arrobamiento, y encomiaba la castidad como la virtud preeminente para ganar el cielo. Yo decía para mi sayo: «Déjate estar. Ya hablaremos de eso dentro de ocho o diez días».



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