Amadeo I
Amadeo I Ambas versiones archivé en mi mente para resolver, a su debido tiempo, el partido que debía tomar. Pepa Izco no me engañaba; los optimismos de mi padre me inspiraban confianza poca, y no era santo de mi devoción el ángel que le traía los cuentos de Roma. Prevenido para lo que pudiera ocurrir, volví a la morada de Mariclío, que por dicha mía llegó de Elorrio horas antes de pasar por Durango el Duque de la Torre, con su séquito militar y civil en dirección a Zornoza. Di cuenta a la Madre Mariana de mis inquietudes, y me dijo que según sus noticias no tendría yo más remedio que salir por pies, antes que se descubriera la superchería picaresca del sermón con que embobé a los durangueses. Había sido yo un diablo metido a predicador y profeta, y aunque lo hice con donaire sutilísimo, tendría que pagar con el pellejo mi descocado atrevimiento… A estas severas razones añadió después otras más blandas que me infundieron cierta tranquilidad: «Hazte el desentendido de esos rumores contra ti, y esta tarde y mañana irás con tu padre a Santa María, y con Choribiqueta darás tu acostumbrado paseo. Yo me encargo de sacarte de esta rinconada en que te has metido. ¿Cómo? Por de pronto antes de media noche recibirá tu padre un telegrama del encargado de la Nunciatura en Madrid, diciéndole que el Papa desea y pide que vayas sin pérdida de tiempo a Roma…»
—¡Yo…; a Roma yo!