Amadeo I
Amadeo I —No, Madre. Por todo el oro del mundo no estaría un día más en la metrópoli de mi República Pontificia. Se la entrego al Papa y a sus negros lugartenientes… El problema es salir de aquí sin la cabeza rota. Ampáreme usted, y si como parece abandona estos lugares beatíficos, lléveme en su compañía y séquito, en calidad de secretario, maletero, paje o como le plazca.
Sin otra forma de expresión que una sonrisa tranquilizadora, cogiome de la mano y me llevó a su habitación, que era baja, obscura. Al entrar en ella, encandilado por la luz solar, no pude distinguir si los informes bultos que allí se parecían eran muebles, baúles o personas. Doña Mariana me arrojó, con empujón leve, en un asiento que no supe si era sillón o sofá. Inciertas blanduras de muelles rotos y de pelotes gastados me lastimaban las carnes. La señora me habló de viajar en coche y en trenes, y cuando de mí se alejaba la reconocía tan sólo por la voz, pues su figura se perdía en las tinieblas de aquel antro. Me consolaba la idea de que doña Mariana me llevaría consigo, y mi única contrariedad era el tener que partir sin ropa, pues ni a tiros volvería yo a casa de mi hermana para recoger mi equipaje…