Amadeo I

Amadeo I

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«Me vuelvo a los Madriles, porque ya he visto lo que dan de sí los últimos acontecimientos de Navarra, y el fracasado intento de guerra civil. Bien poca cosa es lo que puedo aprovechar de esta ráfaga histórica, que pudo ser incendio, y no es más que fogata o llamarada efímera. En un palacio de Amorevieta (Dos Amores), he dejado a Serrano, que ayer trataba de paces con los diputados de este Señorío. Con él hablé, y sus pensamientos y los míos han coincidido en la necesidad nacional de poner cerrojos, candados y barrotes al templo de Jano… En los medios para lograr tal ventura no estamos acordes. Serrano, ya lo sabes, es un león en los campos de batalla; pero en los descansos de la guerra, toda la hiel se le endulza, y en su inocente optimismo cree que con tratos y avenencias amistosas puede desarmar a sus encolerizados enemigos. Yo le dije que sólo con la guerra cruda y eficaz se puede obtener el beneficio de paces duraderas. No le convencí, y allí estuvo parlamentando con los primates vizcaínos, y entre unos y otros dejaron escritas unas que llaman bases, y que son montoncitos de arena movediza sobre los cuales nunca podremos asentar un sólido edificio».

Yo quise decir algo; pero las ideas que de mi cerebro bajaron a mis labios helados, murieron en ellos sin producir el más leve sonido. Doña Mariana prosiguió así:


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