Amadeo I

Amadeo I

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Cuando menos lo pensaba, sirviéronnos comida frugal. Yo vi a la Madre Mariana sentada frente a mí, con la separación de una mesilla en que aparecían diferentes platos y viandas del género pobre y barato. Servían mujeres, de las que yo no veía más que las manos y antebrazos. Eran dos, pues yo distinguía tres manos, a veces cuatro; pero de esta cifra no pasaban. Sus voces sonaron como un murmullo, vago silabeo mezclado de inflexiones de jácara. «Que me maten, pensaba yo, si esta voz y estas manos no son las de la ninfa hechicera». Confirmaron tal sospecha el olor y el gusto del vinillo blanco, en quien reconocí la poción somnífera que me dieron en la gruta señalada en mis recuerdos con la sencilla marca del número 16… Me dormí, más no tan profundamente que dejara de advertir la partida, el arrastrar de baúles, la cháchara de las viajeras, que en vilo me llevaron a un coche, y en él me acomodaron como un bulto más. Rodó el vehículo con estruendo…; rodó con él el tiempo descuidado, sin señalar las horas; rodó la noche vaga, en cuyo seno las horas se dormían también olvidadas de sus minutos… y uno de estos despertó de súbito y me dijo: «Excelso Tito, estás en Vitoria».





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