Amadeo I

Amadeo I

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Yo me reía y observaba. Brincando pasé entre las piernas de uno y otro sin que ellos se percataran de mi presencia. Salté a una silla; de esta me encaramé en la cómoda; me entretuve mirando retratos colocados en esterillas, y entre ellos vi el mío, que a Nieves regalé dos años antes. La estancia revelaba un progreso enorme en el bienestar del matrimonio Quintín-Nieves. Esta no era ya planchadora de la Real Casa; debía de ser azafata, moza de retrete o no sé qué… De un brinco volví al suelo. El alabardero, echando hacia atrás los vuelos de su capa blanca, se aproximaba tanto a Nieves que su larga perilla rozó los labios de ella. En uno y otro, la alegría del alma mostrábase con el reír gozoso y voluble. De pronto Nieves cogió del sofá el tricornio de su adorador y se lo puso. Con rápido andar corrió a mirarse en el espejo. Tras ella fue el galán, y abrazándola por la cintura, ambos contemplaron sus rostros risueños en el espacio reproducido por el cristal. Yo me dije: «Vaya, vaya; ni aun en mi condición de invisible me resigno a presenciar la felicidad ajena, con mi gorro bien calado y mi velita en la mano. Abur, avecillas en celo; divertíos todo lo que podáis».





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