Amadeo I
Amadeo I Tomo aliento, amados lectores, con lo cual, al contarlo, expreso mi sorpresa y turbación ante la súbita emergencia de un pasado lisonjero. La mujer que se me apareció en la calle de la Sal, junto al arco de la Plaza Mayor, era la poética, la romántica Obdulia con quien compartí las venturas del amor en los comienzos del reinado de Amadeo I… Obdulia, ¡oh!… Tito, ¡ah!… Al tiempo de lanzar estas exclamaciones se juntaron en febril apretón nuestras manos, y con frase entrecortada nos dimos informes recíprocos de la salud y vida de uno y otro. La linda criatura estaba flaca, ojerosa, manchado el rostro de pecas rojizas; y el desarreglo y suciedad de su ropa indicaban pobreza, malestar, infortunio… Díjome que se había casado, por imposición de su familia, con el desagradable mastín negro Aquilino de la Hinojosa. Ya lo sabía yo. Oí contar de un náufrago la historia. La náufraga era mi pobre y desdichada Obdulia.