Amadeo I
Amadeo I Los vocablos con que se inició la visita fueron más de dos, seguidos de réplica insolente y de un garrotazo que descargué con delicioso coraje sobre la cabeza del tío, la cual sin el resguardo del sombrero habría quedado rota. Era como hucha de barro que yo quería cascar para sacarle la calderilla, digo, los sesos… Al vocerío de Hinojosa y el traqueteo de los palos acudieron de una parte el mozo y conserje, de otra los compinches de mi enemigo. Unos me sujetaban, otros corrían al socorro del tío… Ya he dicho que soy un hombre terrible, y que me crezco al castigo convirtiéndome de chico en grande por la fiereza de mi embestida y la arrogancia de mis actitudes. Con presteza increíble me sacudí de los que intentaban acorralarme, y seguí el vapuleo contra todo el que por delante me caía. El número al fin pudo más que el ardimiento feroz. Uno salió al balcón gritando: ¡guardias, guardias!; otro a la próxima escalera reclamando el auxilio de los vecinos. Pude, tras ruda pelea, batirme en retirada solo contra tantos, y gané la escalera. A no ser yo quien soy, habría bajado rodando; pero no perdí pie… Felizmente, acudió en mi ayuda un amigo que a punto subía presuroso, alarmado del estruendo.