Amadeo I

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Prevínome el isleño contra las hipérboles de Albareda. «Ni cuando te pone en los cuernos de la luna te envanezcas, ni demasiado te aflijas cuando te trata a zapatazos». Un día que escribí muy a su gusto una croniquilla de salones elegantes, alfonsinos y católicos, me dijo así: «Tiene usted más talento que Dios». Al día siguiente le desagradó un suelto político, y al entrar en su alcoba, oí que decía, por mí: «A ese judío enano le voy a dar cien patadas». Su enojo pasaba como el humo y se desvanecía en donosas ocurrencias. Nos quería, y le queríamos. Para mí era el periodista ideal. Cuando nos llamaba para sugerirnos alguna idea, con igual confianza nos recibía en su alcoba, recién dormida la mañana, que en la próxima pieza donde le veíamos bañarse en pelota, tomar ducha por regadera, y hacer luego su toilette de persona pulcra y elegante, todo esto hablando de lo humano y lo divino con singular donaire ceceoso, apuntando la idea política o el juicio picante de cosas y personas.







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