Amadeo I
Amadeo I Sabréis, amigos, que mi conquista de aquellos días (que no consigno por orden numérico porque he perdido la cuenta) me deparó una moza bravía y algo hombruna, morena y agitanada, más alta que yo en cuarta y media, gallardísima, de ojos bonitos y más bonitos morros, la cual me juró amor eterno y fidelidad, siempre que yo le mantuviese el pico y con decencia la vistiera, sin interrupciones de ayuno y desnudez. Trájome Celestina aquella hermosa bestia, diciéndome que era su prima, y yo le di el gobierno de mi casa y la soberanía de mi persona. Vivíamos felices. Felipa, que así se llamaba, natural de las Peñas de San Pedro, era una fuerte trabajadora en los menesteres más duros de la vida doméstica; lavaba la ropa y los suelos y toda la casa con verdadero frenesí; guisaba con abuso de especias y picantes, y hablaba con estridor de gritos y libérrimo vocabulario…
Naturalmente, mis relaciones con Felipa trajéronme nuevas amistades y trato con personas del propio jaez. Conocí a otra mujer, muy bonita por cierto, pelo rojo, figura delicada. Aunque el tipo, lenguaje y modales de Lucrecia (¿nombre verdadero o postizo?) eran tan distintos de los de Felipa, tratábanse las dos mujeres con familiar intimidad… Tras Lucrecia compareció en nuestras tertulias un hombre ordinario, disfrazado de elegante, estrenando ropa, mal carado, y hablador verboso, insubstancial y cínico de asuntos que no entendía.