Amadeo I

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Pero Albareda no daba su brazo a torcer. Hombre agudísimo, que por imposiciones de la Fatalidad tenía compromiso de abogar por el contubernio, desmintiendo su dilettantismo anglómano, sacaba razones de su fértil ingenio, y me apabullaba con sofismas deliciosos. Seguía yo defendiendo con mi fácil pluma el desbaratado armadijo, tratando de recoger los pedazos para volver a pegarlos con la cola de mis artículos. Pero por mi cuenta digo que los torys de acá eran la mayor calamidad del Reino. De cepa unionista moderada, llevaban en la masa de la sangre los vicios y las malas mañas de la rancia política y de la Administración apolillada. Con necia fatuidad aseguraban que ellos solos poseían el secreto de regir a la Nación, y que sin ellos todo era desorden y merienda de negros. Conocía yo a un señor, inveterado unionista del 63 y 64, y siempre que nos encontrábamos largábame un sermón, contrastando la omnisciencia de los suyos con la ineptitud de la gente nueva. La síntesis era esta: «Nada, nada, amigo; es cuestión de camisa limpia…». Según aquel inmenso congrio, la clave del gobierno de España estaba en manos de las lavanderas y planchadoras.





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