Amadeo I

Amadeo I

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Del gusto que me dio el verme admitido por doña Cabeza y aposentado en su propia casa, me puse muy malo, me entró fiebre, atacome la tos ferina con quebranto de todo el cuerpo. Me metieron en cama; mi admirable patrona y principala me llevaba calditos, infusiones, alguna golosina para llamar el apetito, apelando a las friegas para desvanecer los dolores erráticos. Mi gratitud hízome ver en la señora un ser divino, quizás la propia esposa de San Isidro Labrador, Santa María de la Cabeza, cuyo glorioso nombre llevaba. ¡Vive Dios, que antes que el nombre las igualaba y confundía la santidad!… Cuando me dieron de alta y me levanté, poniéndome la ropa limpia, lavada en mi nueva casa, me sentí inundado de una luz celestial y abrasado en fuego de inspiración. El alma se me quería salir por ojos y boca para ofrecerse con sublime rendimiento a doña Cabeza, como galardón de sus divinas bondades e infinita misericordia.








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