Ángel Guerra
Ángel Guerra A moco y baba lloraba la ciega oyendo estas fervientes razones, y las otras dos mujeres no volvían de su estupefacción. Nada quiso objetar Mancebo, no porque le faltaran argumentos, sacados de su acendrado positivismo, sino porque se encontraba en minoría, y temió deslucirse. «Bueno; todo eso está muy bien —dijo al fin—. No seré yo quien descomponga el altarito. Acepto mi papel, y creo que para que esto marche, Sr. Ángel, para que esto vaya como por carriles, lo primero es ir en busca de los fondos. Conviene, pues, que me dé usted un vale, o…
