Ángel Guerra
Ángel Guerra Señalan las crónicas al llegar a este punto dos hechos de suma importancia. Primero: que comió el señor de Guadalupe y Turleque con buen apetito. Segundo: que Jusepa le dio bastante mal de almorzar, guardando los bocados mejores para quien ella sabría. Iba llenando con ellos un cesto, en el rincón de su alacena, hasta que llegaba la hora de tomar soleta hacia la Degollada. La circunstancia de andar por allí bastantes jornaleros sacando piedra, amén de los que trabajaban en la explanación, favorecía de una parte las escapatorias de la villana, y de otra ponía en grandísimo peligro al majo madrileño, pues no era fácil que con el continuo pasar de gente pudiese guardar el acónito, como decía Jusepa. Pero de tal modo se habían despertado las facultades de ésta, juntamente con su energía afectiva, que discurrió los arbitrios más ingeniosos para rodear al Álvaro de las mayores seguridades posibles. Consiguió disfrazarle hábilmente con algunas prendas de su marido y otras que trajo de Toledo, y el galán pudo espaciarse un poco de noche, y aún de mañana, evitando el pasar por Guadalupe. En una de éstas, el perseguido caballero se fue a la ciudad, y contra lo que Jusepa esperaba no volvió ni aquel día, ni al siguiente, ni al otro. Desesperación y amargura de la loba, que a todas las ánimas habidas y por haber invocaba, y creyó firmemente que debía ir a hacerles compañía en el Purgatorio.
