Ángel Guerra
Ángel Guerra Diciendo esto, dio un aldabonazo en una puerta que Ángel no veía, y en el mismo instante oyeron ladrar un perro. Alguien, con exquisita precaución, inquirió desde dentro quién llamaba, y Zacarías contesto secamente: «abrir». Al franquear la puerta, dejose ver, a la escasa claridad que del interior venía, un hombre macilento, a quien Guerra de pronto no conoció. Más que por la fisonomía, por el metal de voz al dar las buenas noches, supo quién era… el mismísimo primogénito de Babel, desfigurado por la inanición, el cansancio y la longitud de su barba no tocada de la tijera en mucho tiempo. Parecía figura gótica de las más expresivas y espirituales, que acababa de descender del tímpano de una puerta del siglo XIII.
«Arístides —le dijo Guerra alargándole la mano—. No te había conocido, aunque venía pensando en ti. Cuando este buen amigo me habló de un desechado del Infierno, sospeché que eras tú.
