Ángel Guerra
Ángel Guerra —Cuando yo salí no había nadie más que Braulio, que desde que la señora se agravó, duerme aquí todas las noches. Estuvieron las señoras de Santa Cruz, de Medina y la marquesa de Taramundi. El canónigo don León vive también en casa; pero por las noches, después de comer, suele ir a la tertulia de los señores de Bringas. No vuelve hasta las once dadas. Pero, en fin, ¿entra el señorito o no entra?
Guerra dio algunos pasos hacia el portal con resolución firme; después otros tantos en dirección contraria; se detuvo, volvió a ponerse en movimiento. Su mismo propósito de entrar impulsábale a ponerse lejos, como si la puerta de su vivienda fuese un trampolín, y necesitara tomar carrera para saltarlo.
—Ya ves, Lucas, mi situación es muy desagradable. Ausente tanto tiempo… mamá enferma… Entraré, ¿pues no he de entrar? Pero necesito preparar el ánimo… pensar las disculpas que debo darle… En fin, déjame aquí, vuelve tú a casa, y si está allí Braulio dile… No, no le digas nada. Entraré sólo… Y mamá, ¿duerme ahora? Descansará tal vez, y no conviene que me vea hasta mañana. Pero si está despierta, bueno sería que Braulio la preparase, diciéndole que ando por Francia, que he escrito, que me he puesto en camino al saber la enfermedad, que deseo me perdone… que llegaré por momentos…
