Ángel Guerra
Ángel Guerra V
A Bargas
De la calle de la Misericordia poco tardó Casado en llegar a la suya, y por el camino iba pensando acerca de su amigo cosas que no es bien se queden inéditas. «¡Qué barullo en aquella cabeza, Santa Bárbara bendita! Las intenciones buenas, el corazón generoso; pero no puede contener el temperamento que se le dispara… Quiere ser asceta, y sin pensarlo, cátate revolucionario. ¡Pobre Ángel, en qué parará!… Por un lado creo salvadora la influencia de la hermanita, y por otro le tengo más miedo que a un arma cargada a pelo. No sé qué pensar de este caso extrañísimo; no sé si alegrarme de que el hombre se ordene, o echarme a temblar. Mi razón y mi experiencia no me dan la clave de esta naturaleza en que facultades y sentimientos tan diversos se confunden y entrelazan, y por más vueltas que le doy al acertijo, no lo puedo descifrar».
Con estas cavilaciones entró en su casa, y habría continuado revolviéndolas en su caletre, si no diera de narices un encontronazo tremendo con doña Catalina de Alencastre que esperándole estaba, y ya tenía medio trastornada a Felisita.
