Ángel Guerra
Ángel Guerra Profundo silencio reinó después de esto en las dos habitaciones. Sin hacer caso del otro, que aletargado parecía, Ángel se paseaba en el gabinete, meditabundo, con mucha idea que revolver y ponderar en su magín; mas no tan recogido en sí que dejara de poner atención en los ruidos extraños que en la parte baja de la casa sentía. Al principio no se fijó; pero vencida su abstracción del cuidado que aquellos rumores le dieron, salió a la puerta del cuarto, y asomándose a la escalera, obscura como boca de lobo, llamó a su criada.
—¿Quién habla ahí, Jusepa? Oigo una voz desconocida.
—Es este hombre, el Fausto —dijo la moza subiendo la mitad de los peldaños, hasta una altura en que no había suficiente claridad para que su amo pudiese verla.
—Es que yo siento otra voz de hombre, que no es la del Fausto.
La villana, antes de contestar, bajó dos o tres escalones, buscando mayor obscuridad en que envolver su rostro.
—Señor, era un mozo de los de Turleque, que vino con Tirso, y porfiaban que les había de dar de cenar. Ya se fueron.
