Ángel Guerra
Ángel Guerra Aquel perro que ladraba en Turleque tuvo en gran inquietud durante más de una hora al anciano cigarralero de la finca; el cual, sin moverse de su cama, no hizo más que manifestar a la cigarralera sus temores de merodeo de legumbres. Librada expresó su asentimiento con atronadores ronquidos. Los apóstoles, Virones, Pito y demás huéspedes no interrumpieron en toda la noche su plácido reposo. El primero que descubrió la tragedia de Guadalupe fue un mozo de Turleque, llamado Evaristo, que al levantarse a la alborada, echó de menos la petaca que le había dado el amo. Recordó que la tarde anterior, hallándose en el corral de Guadalupe después de sacar agua del pozo, había obsequiado con un pitillo a Virones, dejando la petaca sobre la piedra del lavadero, con intención de recogerla luego. Fue allá, y al pasar por frente a la puerta de la cocina, notó que no estaba cerrada. Un impulso inexplicable determinó en él la acción de empujarla y mirar para dentro. ¡Santo Cristo de las Aguas! Lo primero que vio, a la incierta claridad del día que apuntaba, fue la cara de Jusepa estampada en la pared, los ojos como huevos, fijos en la puerta, la cabeza dislocada, formando ángulo recto con el tronco yacente. El terror le hizo ver la cara a dos varas del cuerpo.
