Ángel Guerra
Ángel Guerra En el patio y en la escalera oíanse susurros y cuchicheos. Los amigos entraban por turno en la alcoba del enfermo, y bajaban luego a la sala a comunicarse sus impresiones, ora tristes, ora risueñas. Este ir y venir de gente llevó a los oídos del enfermo la especie de que había llegado la inspirada socorrista, y tiempo le faltó para pedir que comenzara sin dilación su preciosa, irremplazable asistencia.
«¿Sabes una cosa? —dijo Guerra a su amiga, después de mirarla extasiado, mientras ella se enteraba del plan curativo y ordenaba las medicinas sobre la cómoda—. Paréceme que despierto ahora; que toda esta vida mía toledana es sueño; que apenas ha transcurrido el espacio de una noche entre aquel tiempo de Madrid y la hora presente. Mi herida, tus tocas destruyen esta ilusión. Ya no somos lo que éramos entonces, Leré. Han pasado muchas cosas que contra mi gusto reconozco por verdaderas. El tiempo ha dado mil vueltas; tú también cambiaste. Yo soy el que me encuentro ahora semejante al yo de entonces… ¿Te acuerdas de mi hija Ción, y de lo mona que era? ¿Te acuerdas de la pena que nos causó su muerte? ¡pobre niña!»
—¡Vaya si me acuerdo! —replicó Leré suspirando—. ¡Cuánto la queríamos!
