Ángel Guerra

Ángel Guerra

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—No te vayas, Sora —le dijo Guerra—. ¿Crees que necesito quedarme solo para confesar? Confesado estoy. Todo lo que yo pudiera decirle a este clérigo campestre, arador de mi alma, ya lo sabe él. Me ratifico, y nada tengo que añadir.

VI

Fue puesto en libertad Pito en la mañana de aquel día, y con toda la presteza que le consentía su pata momia, corrió a la calle del Locum, ávido de ver a su maestro y protector. Temblaba el pobre viejo, y por más esfuerzos que hizo para no llorar, no pudo lograrlo, y lágrimas ardientes corrían por las rugosidades de su cara de corcho. Para envalentonarse y disimular su emoción, empezó a echar de la boca, al ver a Guerra, todas las especies picantes de su repertorio; y le besó repetidas veces la mano, diciendo que se casaba con los once mil millones de vírgenes, con el caballo blanco de Santiago y con todo lo casable. «No te tienes que morir, nostramo —añadió sorbiéndose el moco—, porque aquí estamos los fieles amigos para impedirlo por el santísimo escapulario de la Virgen del Carmen, y por los reverendísimos clavos de todita la recopilación geodésica y mareante del Calvario».

—Bien, Pitillo, eres un valiente y bravo amigo —le dijo Guerra—. Anda y dile a Teresa que te dé una botella de anisete o ron. Te convido. Pobrecito, ¡qué sed habrás pasado en esa infame cárcel!


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