Ángel Guerra
Ángel Guerra —Pereció —dijo Dulce con la emoción de la victoria, inclinándose para verlo hecho un ovillo negro y peludo. En su agonía, parecía comerse sus propias patas y hundir la cabeza en la panza turgente.
—¡Maldita sea su alma! —exclamó Guerra con júbilo—. Así quisiera yo ver a otros que zumban lo mismo, y merecen también un toallazo… Ahora, paréceme que dormiré.
Vencido del cansancio, no tardó en caer en un sopor, que más bien parecía borrachera.
De la cual salió súbitamente, y como de un salto, media hora después, porque no vale que el cuerpo tome la horizontal, cuando las ideas se obstinan en ponerse en pie; ni vale que los músculos fatigados se relajen y apetezcan la quietud, cuando la sangre se desboca y los nervios se encabritan. Lo primero de que el herido se hizo cargo fue de la soledad en que se encontraba, pues Dulcenombre había salido. Sintió en torno suyo la impresión triste de la ausencia del ser que a todas horas llenaba la casa con su tráfago, diligente y amoroso.
