Ángel Guerra
Ángel Guerra El primer impulso de los allí presentes fue negarlo; pero sus contradictorias y vagas expresiones no convencían a doña Sales, quien repitió la frase, añadiendo: «A mí no me engañan. Anoche tuve como un presentimiento de que mi hijo estaba cerca. Le sentía sin oírle, y le adivinaba… no sé por qué. Luego, lo que me dijisteis de si había telegrafiado, si venía pronto, y qué sé yo… pareciome una farsa para prepararme. ¿Acierto?
—Pues bien, señora mía —dijo León Pintado con solemnidad, poniendo cara dulzona—, alleluia… Anoche llegó, por cierto arrepentidísimo de sus errores y dispuesto a corregirse.
—Pero tú, Leré, y tú, Braulio, os habéis pasado de precavidos. Bueno, os perdono esa diplomacia tan lenta y con tantos trámites, y me declaro en estado de perfecta preparación. Que entre ese loco, que ya me muero por verle y abrazarle.
Abriose la puerta; pero quien entró por ella no fue ese loco, sino Basilisa, susurrando: «Sr. de Miquis». Éste apareció en seguida, y doña Sales le dijo riendo: «Estoy de enhorabuena, doctor. Ha parecido el prófugo. Esto me ha sentado mejor que los brebajes de usted, que saben a demonios, sobre todo, ese extracto de… no sé qué. Dígame: ¿vienen esos señores a la consulta? ¿No sería mejor que antes viera yo a mi hijo?»
