Ángel Guerra
Ángel Guerra Entró, y a pesar de todas las preparaciones, tanto él como doña Sales experimentaron al verse frente a frente, una emoción que no por bien reprimida dejaba de traslucirse. Ángel, sombrío y balbuciente, dijo a su madre: «Mamá, estoy aquí… deseando agradarte… y si eres indulgente… como creo…
—¿Qué es eso de indulgencias? —rectificó Miquis prontamente—. Tú entras diciendo que yo ordeno y mando que tome la digital cuatro veces por la noche.
En el rostro de doña Sales fluctuaba una sonrisa; tan pronto iniciada como desvanecida y vuelta a iniciar sobre sus labios incoloros. Hizo sentar al reo en la butaca próxima, y con aparente tranquilidad le dijo: «He estado bastante malita… es decir, muy mal, lo que se llama muy mal, no, ya me siento bien».
