Ángel Guerra
Ángel Guerra Pues sí, señor, se me apareció la Virgen y me dijo: «Pobrecita, tú has nacido para padecer y ser esclava. Alégrate, que la mejor de las voluntades es obedecer siempre, y la mejor libertad no tener ninguna, y esperar sólo trabajos, obligaciones, molestias, y en una palabra, esclavitud. De niña, fuiste sometida a mil pruebas difíciles. Mujer, sometida serás a mayores pruebas. No pienses en nada agradable para los sentidos; no te recrees más que en sufrir, y acude siempre a donde quiera que veas dolores, miserias y penalidades. Desprecia la felicidad, y humíllate siempre, pues siempre has de ser sierva…» Así me habló, palabra por palabra, y por esto aunque la vida del convento me gustaba, como las señoras de Rojas no querían que me quedase allí, dispúseme a obedecerlas y a ir adonde me llevasen… Pues verá usted: otra noche se me apareció mi madre y me dijo: «Hija de mi corazón, me he muerto. Reza por mí y no te cases nunca». Al día siguiente supe la muerte de mi madre, ocurrida repentinamente. Fue una angina de pecho, según me contaron. Sintiose malita al volver del río, y se echó sobre la cama: a media noche era cadáver. Mi padrastro no vivía ya con ella, y según dijeron, andaba con los Juanillones… A mi hermano el músico le habían pensionado ya, y estaba en Madrid. ¿Y el pobrecito monstruo? ¡Ay! Esto era lo que a mi me ponía en grandísima inquietud. Por dicha de él y mía, le recogieron mis tíos, y con ellos vive.
