Ángel Guerra

Ángel Guerra

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V

Hasta los seis días de la muerte de doña Sales, no pudo Guerra visitar a su querida; es decir, sí pudo; pero no se determinó a ello, por ser el deseo de ver a Dulce menos fuerte que la inercia que en su propia casa le retenía. Fue pues allá una noche, la primera que salió a la calle, ya con el brazo completamente curado, y sin olvidar las consabidas precauciones. ¡Qué mal efecto le hizo el portal mezquino y la escalera angosta y sucia de la calle de Santa Agueda! Cuando su amante le abrió la puerta y se echó en sus brazos, Guerra, dicho sea con verdad, experimentaba la misma emoción y la misma extrañeza que si hubiera estado ausente un par de años. Sintió en su alma las ligaduras que a su esposa fraudulenta le unían, y creyó ver en ella un cambio, un decaimiento que estaban sin duda más en su imaginación que en la realidad. A poco de entrar allí se le escapó esta frase: «Pero, hija mía, ¡qué flaca estás!»

De pocas carnes era la moza; pero a Guerra se le antojó que no tenía más que los huesos y la piel, y que su seno no abultaba más que el de un hombre.

—¿Te pareces —replicó ella con ternura—, que no tengo motivos para enflaquecer? ¡Qué siete días estos!… Llegué a creer que me habías olvidado, que no volverías… Hace tres noches que no duermo ni pizca, pensando disparates… Claro, ahora que eres independiente y rico no me vas a querer.


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