Ángel Guerra
Ángel Guerra Pasaban días sin que nada indicara que corría peligro la libertad de Guerra. Ni polizontes, ni alguaciles parecieron por la casa, y el delincuente juzgábase olvidado o quizás protegido por amigos influyentes. Algo de esto pasaba, porque el buen marqués de Taramundi le vendía protección, trayéndole algunas noches recados misteriosos, que con la debida cautela le decía al oído, y que poco más o menos eran del tenor siguiente: «Hablé con el Ministro, y puedes estar sin cuidado. No resultará nada contra ti. Fácil es que te citen… y en este caso, vas, declaras… y punto concluido. ¿Quién te va a probar que anduviste por los Docks aquella noche? Y aunque te lo probaran. No habiéndote cogido infraganti, nada puede resultar contra ti… Que te estabas paseando… Conviene, por prudencia, que no salgas de día, que no te dejes ver en ningún sitio público… porque… ¿qué necesidad hay de que la gente arme catálogos? Dirían tal vez que mientras se persigue a otros infelices que no tienen sobre qué caerse muertos, a ti, por ser pudiente, te dejan libre y, encima te dan confites. Esto no conviene que se diga, por el decoro del Gobierno». Guerra, la verdad, no se preocupaba ya poco ni mucho de su situación jurídica. Entre las escasas relaciones que tuvo aquellos días con sus compañeros de motín, la única digna de mencionarse es que escribió al capitán Montero, refugiado en París, y le mandó un socorro. De día se estaba quietecito en casa, sin recibir más que a ciertas personas, muy bien avenido con la clausura, pues lentamente iba tomando gusto a los quehaceres de propietario, y las nociones que poco a poco adquiría de todas las particularidades referentes a su saneada fortuna le causaban cierta placidez melancólica. Hasta aquellos días no se enteró bien de lo que rentaban sus cuatro casas de Madrid y sus valiosas fincas urbanas y rústicas de Toledo, ni de lo que importaba el cupón de los títulos de 4 por 100 que poseía. Fue para él novedad grande el discutir con Braulio en qué colocarían las considerables sumas que aparecieron en metálico, ahorradas por la difunta, y que aún estaban sin empleo.
