Ángel Guerra

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II

Después le daba por comentarse a sí mismo, diciéndose: «Cuidado, no se pide así, sino con humildad. Te pareces a esos pordioseros que acosan al transeúnte, hasta que éste les da algo por quitárseles de encima. Pero con Dios no vale el ser porfiado y fastidioso. Solicita con humildad, conformándote con tu desgracia si no te dan lo que pides… Y conviene además hacer fe… Esto sí que es difícil, pero no hay más remedio. La fe siempre por delante». Y encarándose de nuevo con las pinturas, les dirigía su ruego, tratando de poner en él toda la humildad y contrición posibles, pues lo que importaba, según iba pensando, era sacar adelante a la niña, ablandar la divina voluntad y hacerse merecedor del bien que impetraba. En una de éstas, su mano tropezó, dentro del bolsillo, con un arrugado papel. Era una carta de Dulce, recibida aquella tarde, en la cual se le quejaba de que no hubiera ido a verla en dos días, notificándole además que se encontraba enferma, con anginas y dolores agudísimos en todo el cuerpo. La olvidada carta y el recuerdo de aquella mujer, borrado hasta entonces de su memoria, le sugirieron un nuevo método de argumentación para apoyar su demanda. «¡Pobre Dulce! —Decía, sin apartar su mente de las imágenes—. También ella pediría por la salvación de mi hija si tuviera noticia de lo malita que está. Ahora caigo en que mi gran falta, además del escándalo revolucionario, es este concubinato indecoroso. Pues yo lo sacrifico. Abajo la inmoralidad. Me enmendaré, romperé con esa mujer. Y si es preciso, para que Dios tenga lástima de mí, que yo le haga una ofrenda de mis afectos; si es preciso el holocausto de una persona querida, ofrezco a Dulce, sí, señor… por ofrecida. Yo la quiero mucho, y sentiría su muerte; pero entre ella y mi hija, lo menos doloroso es que Dulce muera y que mi hija se salve. Ción empieza a vivir, Dulce ha vivido ya bastante, y cuando yo me separe de ella, ¿qué la espera más que un porvenir de peñas y deshonra? ¡Pues digo, con esa familia de bandidos…! ¡Desdichada mujer!… hasta le convendría morirse, y ser acogida por Dios en el Cielo. Ella iba ganando, y yo… A mí, la verdad, me dolería mucho verla morir… Pero hay que reconocer que ha sido pecadora, y entre una pecadora y un ángel la elección no es difícil».


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