Ángel Guerra
Ángel Guerra Leré convino en aguardar una semana, y se retiró, dejando a su amo indeciso entre echar todo el peso y volumen de su ser del lado de la voluntad o cargarlo del lado de la razón. Debe advertirse que, desde la muerte de la niña, había vuelto a su antiguo dormitorio, pues como la maestra continuaba ocupando la misma estancia de Ción, no le pareció al amo propio ni decente pernoctar tan cerca de la joven mística. Además, evitaba el permanecer largo tiempo a solas con Leré, por no dar pretexto a malas interpretaciones de criados, los cuales son por lo común gente muy suspicaz y mal pensada. Ya había llegado a los oídos de Guerra cierto malicioso rum rum, del cual no quiso hacer misterio con el aya, y una noche, después de comer, hallándose los dos de sobremesa, solos, le dijo:
—Bien comprendo, hija mía, tu prisa por huir de aquí. En esta sociedad, que algunos creen tan perfectamente organizada, tú, joven soltera, y yo, caballero viudo sin hijos, no podemos vivir juntos sin que al instante se nos cuelgue algún milagro… Esto prueba la opinión que la sociedad tiene de sí misma.
