Ángel Guerra
Ángel Guerra Otra mañana, Fausto le entretenía mostrándole el último juguete de su invención, ingenioso mecanismo con un pedazo de alambre en espiral y un elástico, que servía para imprimir movimiento de traslación a un muñeco velocipedista. Pensaba el fabricante venderlo bien, por los marchantes pregoneros de la Puerta del Sol, como había vendido antes la Cuestión de los cinco y medio y el Lapicero mágico. Pero estas niñerías eran impropias de su gran cacumen, y el proyecto a la sazón en estudio debía darle fama imperecedera y colosales ganancias. Tratábase del Cálculo de combinaciones infalibles para sacarse la lotería, y consistía en un juego de cartones numerados que se manejaban con arreglo al método indicado en un libro que parecía las tablas de logaritmos. Para las tiradas de todo esto, naturalmente, era menester capital, pues los cartones, semejantes a una baraja en que los números alternaban con caprichosas figuras, debían ser bonitos, y entrar por los ojos: bien comprendía el tunante que más a que la razón era conveniente hablar a la fantasía del público. Mostró a Guerra los modelos, tan hábilmente tranzados a mano que parecían litografía, y encareció el derroche de dinero que exige toda industria incipiente, materias primeras, ensayos frustrados, reclamos en la prensa, etcétera… Pensaba asociarse con un primo suyo, que tenía en Toledo una excelente litografía con algo de imprenta.
