Ángel Guerra

Ángel Guerra

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—Justamente.

—Pues mira, me han entrado a mí ganas de ver al monstruo, y de hacerme su amigo.

—¡Qué cosas tiene usted! El pobrecito causa horror a todos los que le ven.

—Déjate de horrores. Yo no tengo horror a nada… Y si llego cuando tengas puesta la toca —añadió Guerra con cierto alborozo infantil—, también podré visitarte. ¿Qué inconveniente hay? Entonces seguirás con tus sermones, y como he de tenerle más respeto, los oiré de rodillas y haré lo que en ellos me mandes… Y quién sabe, quién sabe si a lo bobilis bobilis se me pegará tu fiebre, y concluiré yo también por ponerme algún caperuzo por la cabeza, y rosario al cinto, y…

Tan conmovido estaba el hombre, que tuvo que callarse para que no se le saltaran las lágrimas.

VII

«¡Ay, Dios mío! —Decía Leré exhalando suspiros muy de dentro, después de los cuales se quedaba muda, fija la vista en sus propias manos sobre la falda. Guerra tendía también ál mutismo. Por fin, comprendiendo que tal situación no podía prolongarse, pues ambos en ella padecían de igual suerte, enderezó interiormente sus energías, y se fue derecho al asunto.


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