Ángel Guerra

Ángel Guerra

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IX

Esta protección sin cariño hirió con tal dureza el corazón de Dulce, que no pudo expresar su pena sino con un gemido. Perdida la última esperanza, vio lejos de sí al hombre en quien concentraba todos sus afectos. «Eso quiere decir —dijo sollozando—, que me jubilas, y me pasas la pensión.

Volviendo hacia él sus ojos llenos de lágrimas, le dirigió estas amargas quejas:

—Ya me lo esperaba yo: no soy tonta. Ya sabía que de este modo habías de pagarme, a mí que te quise cuando todo el mundo te despreciaba… Porque yo he sido mala; pero he sabido quererte y ser esclava tuya… Hace algún tiempo que te veo venir. Y ya sé, ya sé el por qué de este cambio, de esta ingratitud…

Su pena se desbordó de golpe; prorrumpiendo en sollozos que pronto fueron llantos y gritos de angustia, el chillar descompuesto y ensordecedor que es la última defensa de la pasión femenina.



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