Ángel Guerra
Ángel Guerra El primer día de la desgracia de Dulcenombre, tío y sobrina no se separaron. Nadie recaló por la casa, ni a ellos les hacía falta compañía, y tan grata era para don Pito la de las botellas de coñac, que por noche apenas podía guardar el equilibrio en pie, y andaba a gatas por la sala, si no runflaba como un cerdo debajo de la mesilla de mármol. Dábale Dulce con el pie para apartarle cuando estorbaba el paso, sin decirle cosa alguna, pues seguramente el pobre viejo no había de entenderla. En el suelo pasó la noche, lo que no era causa de molimiento de huesos para quien tenía costumbre de dormir en camas duras. No pudiendo conciliar el sueño, y sintiendo una gran debilidad de estómago, la Babel acudió a repararse con una copita del precioso licor, y tan bien le sentó, y tal descanso dio a sus nervios, que después de dormir un poco en la butaca, repitió la dosis por la mañana al romper el día. Realmente la bebida tenía la inapreciable virtud de producir olvido, único calmante eficaz de los males del alma, y con tal medicina la buena mujer perdía por más o menos tiempo la noción de su inmensa pesadumbre.
