Ángel Guerra

Ángel Guerra

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II

Pues, a lo que iba —prosiguió el gracioso clérigo cuando acabó de reír—: tales son las órdenes de que la niña se ha ido a enamorar. Ya que hablo con usted en toda confianza, (Arrimando más su silla al sofá en que Ángel se sentaba.) le diré todo mi pensamiento: yo no quiero que Lorenza sea monja, ni de estas ni de aquellas, ni de las entrometidas, ni de las históricas; no quiero verla ni entre las del zancajo al aire, ni entre las del tocinito del cielo y los huevos hilados. Por la situación en que va a quedar esta familia cuando yo me muera, quisiera yo que mi sobrina se casara… ¡Pero es más terca…! Háblele usted de hombres, y como si le hablara del Diablo. Nada, que no se parece en nada a las demás muchachas. Se empeña en que este siglo ha de tener santos y santas, y yo le digo que no hay más que ferroscarriles, telégrafos, sellos móviles, y demonios coronados. Pues, sí, crea usted que no le faltarían buenos partidos, ¡zapa! Es chica muy bien educada, sabedora, fina, despabilada para el trabajo, y si me apuran, hasta bonita, porque aquel defectillo de los ojos temblones, más que defecto viene a ser una gracia. Tal creo yo.

—Sí, gracia es —dijo Guerra entusiasmándose—. Tengo a Lorenza por una muchacha de extraordinario mérito en todo y por todo.


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