Ángel Guerra
Ángel Guerra Subió Leré con un racimo de chiquillos pegado a las faldas, ávidos de catar lo que en un envoltorio traía. Al entrar en la pobre estancia del clérigo, saludó a Guerra con la mayor naturalidad, como si fuera cosa corriente verle allí todos los días.
—Siéntate, mujer —le dijo su tío—, y descansa esos huesos que destinas a ser guardados en urna de cristal, con lacitos y flores de trapo, para que los besuqueen las beatas y te los llenen de babas. ¿Qué tal de santidad? ¿Te tratan bien las señoras esas de extranjis?
—Pero si no son extranjeras, tío —dijo Leré con bondad regañona—. Si son tan españolas como usted y como yo.
—Tú dirás lo que quieras; pero las dos con quienes ibas el otro día me olieron a gabachas, descendientes de aquellos pícaros intrusos que nos quemaron el claustro de San Juan de los Reyes. Y una te decía: Loguenza, vamos a guezar el gosario.
¡Con cuánta fruición celebró, riendo el buen Mancebo su propio chiste!
—¡Bah, qué cosas tiene usted!
—¿Y qué tal te tratan? —le dijo Guerra.
—Bien —indicó el clérigo—. A ésta la encanta todo ese ajetreo espiritual: fregar suelos, barrer, guisar y lavar, y perseguir las telarañas y demás porquerías como si fueran los enemigos del alma.
