Ángel Guerra
Ángel Guerra Toda la tarde se la llevó Mancebo elogiando a Guerra delante de su sobrina, con afectado entusiasmo. «¡Qué persona tan fina, qué instruido, qué bondadoso, qué caballero! Vamos, chica, que en su casa estarías como en la Gloria. ¡Qué maña se dan algunas criaturas para escurrir el bulto cuando la suerte, jugando a la gallina ciega, las quiere coger!» Con estas y otras habladurías perturbaba a las dos mujeres en su trabajo, y a fe que no estaban ellas para perder el tiempo, pues Justina tenía que entregar al día siguiente cantidad de ropa planchada de cadetes y alumnos de colegios preparatorios, que eran, después de dos o tres prebendados, su principal y más lucida parroquia.
Pues Francisco, pegado a las mesas de plancha, no las dejaba trabajar con desahogo, por lo que su sobrina mayor tuvo que echarle un sofión y rogarle que se fuera a dar un paseíto. Al anochecer, a la hora del rosario, cuando las dos mujeres tomaban alientos después de su penosa brega, Francisco, en vez de ponerse a rezar, se dedicó a tomar a Justina la cuenta del día, infalible ocupación del ingenioso presbítero en los ratos que precedían a la cena.
—Vamos a ver. ¿A cómo te han puesto hoy el cuarto de cabrito?
—A tres reales y medio.
