Ángel Guerra
Ángel Guerra Las más de las tardes iba Guerra a ver a Leré, quien le recibía en el patio, delante de la puerta que daba al otro patio que fue morisca alfagia, y era ya corral de vecindad, donde hormigueaba un pueblo indigente y pintoresco, entre destrozados arcos de herradura y podridas vigas con restos de alharaca. Justina se hallaba casi siempre presente, y si el tiempo se ponía malo, o lloviznaba, se metían todos en el cuarto bajo, donde estaba el monstruo, a veces encima de la mesa, a veces en el suelo, acurrucado en una estera. En dicha sala había un piano decrépito, horizontal, de teclas amarillas y cansadas, tan opaco de sonidos, que estos parecían fantasmas de notas. En aquel veterano instrumento se educó el colosal ingenio músico de Sabas, el hermanito de Leré. Los chiquillos de Justina enredaban sin sosiego; el monstruo mugía de vez en cuando. La sociedad que amenizaba la visita no podía ser más candorosa, y para colmo de inocencia, Ángel solía llevar alguna tarde a Tomé, el cual se sentaba en un banco de madera, o en la silleta del piano, y de allí no se movía, entretenido en jugar con los dos pequeñuelos o en hacerle preguntas a Ildefonso, examinándole de Historia, en la cual, dígase de paso, estaba el chico bastante flojo.
