Ángel Guerra
Ángel Guerra Volvió Leré a las Hermanitas del Socorro un día de la segunda quincena de Diciembre, próximas ya las fiestas de Navidad. Guerra paseó aquella tarde con don Tomé, que parecía más comunicativo que de ordinario, y hablaron de cosas de ultratumba, maravillándose Ángel de la sencillez de catecismo con que el autor del Epítome refería los trámites de la muerte, y de nuestro traspaso de una vida a otra. Después de dar varias vueltas por el Miradero y los altos del Alcázar, fueron a cenar, y Guerra volvió a salir para engañar el tiempo en la tertulia de su tío Suero, donde vio al canónigo Pintado jugando al tresillo con el alcalde de la ciudad. Aburrido se fue de allí, y divagó larguísimo rato de calle en calle, yendo a parar, por instintiva querencia, a la solitaria judería. La noche no estaba para rondas de enamorado, ni aun tratándose de pasiones, como aquélla, tan espirituales y seráficas, porque el frío era glacial, y venía del Norte un vientecillo barbero que descañonaba. Retirose con el embozo hasta las orejas, por las sombrías calles, sin encontrar alma viviente, y andando andando por aquel pueblo de pesadilla, echábase la sonda para reconocer la extensión del contagio místico que invadía su alma. Semejante contagio podía atribuirse al medio ambiente, al roce del arte religioso, a las lecturas, a la soledad, y principalmente a la influencia de Leré. Y el misticismo determinaba en él fenómenos muy singulares, verbigracia: la memoria de su hija Ción había tomado forma bien distinta de las memorias que los muertos queridos suelen dejarnos. En sus horas de soledad, creía sentirla en torno suyo, revoloteando, y siempre que su pensamiento se enardecía, hasta levantar llama vigorosa y crujiente como de zarzales inflamados, la imagen risueña y juguetona de la chiquilla giraba en torno queriendo quemarse en él. También le perseguía el recuerdo de doña Sales, a quien no veía ya tan ceñuda y altanera como en vida, y para colmo de extrañeza, empezaba a creer que su madre había tenido razón contra él en la mayor parte de las cuestiones que les dividieron. De Dulce se acordaba ya pocas veces; y no le era el recuerdo desagradable. Pero el fenómeno más extraño que encontraba al calar de la sonda era que, a excepción de los pocos muertos y vivos que interesaban de alguna manera a su corazón, toda la humanidad le iba siendo cada día más antipática. En Toledo mismo, lo personal no participaba de los encantos de lo material e insensible. Las piedras, la substancia artística, en que se encarnaba el ánima penitente de los tiempos pasados, tenía todo el atractivo que faltaba a las personas, expresión de la vulgaridad presente, y que parecían no alentar más vida que la puramente mecánica. Don Suero le resultaba tan antipático como los Medinas y Taramundi de Madrid, antipático el canónigo Palomeque con su sabiduría indigesta, antipático el padre Mancebo por su utilitarismo, León Pintado por su fatuidad. Los seres humildes y cuitados como Tomé, los que llevaban el fardo de la vida sin quejarse, como Justina y su marido, los de ánimo tranquilo y alegre como Teresa Pantoja, los chiquillos traviesos y de buena índole como Ildefonso, merecían su afecto, y entre ellos gustaba de buscar fraternidad y compañía. Con esta manera nueva de pensar y sentir, iba arraigándose en su espíritu la idea de aislarse, de apartarse sistemáticamente de una sociedad que se le indigestaba, viviendo por sí y para sí, solo o con las amistades que más le agradasen.
