Ángel Guerra

Ángel Guerra

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Profunda lástima de aquel hombre infeliz sentía Guerra, que oyó sus sinceridades con benévola atención, y no contestó a ellas hasta pasado un buen rato. Perdida la mirada en el espacio incoloro y triste que ante ella se extendía, Ángel meditaba, y de su meditación salió esta frase consoladora para el triste mareante: «¡Quién sabe… Puede ser que yo, algún día, le recoja a usted!».

Al decir esto cerró la ventana.

V

—Buena caridad sería esa —dijo Pito, arrimándose más al ascua que calentaba su aterido espíritu—. Y dígame, señor: ¿no me dejará estar aquí, donde me encuentro tan a gusto?

—Esta casa no es mía. Creo que debe usted marcharse… y luego podrá venirse por aquí cuando le parezca.

—Bien: con esa condición, apechugo con la posada. Mi sobrinita me estará echando muy de menos, por que soy el único que la consuela. Bien haría usted en correrse un poco por allá, pues de veras le quiere…

Las insinuaciones de aquel desdichado hallaban un eco piadoso en el corazón de Guerra, cuya sensibilidad, fácilmente excitable, respondía prontamente a cualquier demanda hecha por voz humilde. Compadecía sinceramente a la que fue su ilegal esposa, y casi casi sentía deseos de verla y abrazarla. La idea de que pudiera sufrir escaseces y miseria le mortificaba.


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