Ángel Guerra
Ángel Guerra Guerra y Dulce metiéronse en el cuarto de ésta. Sentimientos diversos, tales como la compasión, el cariño refrescado por la memoria, la curiosidad, eslabonándose y confundiéndose con accidentes circunstanciales, como el efecto de una cena suculenta, el intensísimo frío, que quitaba las ganas de salir a la calle, motivaron que Ángel pasase toda la noche en compañía de su jubilada esposa ilegal.
No fue perezoso para retirarse a la mañana siguiente, dejando a Dulce triste y meditabunda, pues la intimidad de aquella noche puso de manifiesto que si el hombre llevaba consigo toda su galantería obsequiosa, el corazón se lo había dejado en otra parte. Comprendió muy bien que los sentimientos de Ángel tomaban una dirección desconocida, y las cosas de un orden místico y espiritual que en el correr de la conversación dijera, marcaban diferencia enorme entre el hombre actual y el de antaño. Para colmar el mal humor de Dulce, descolgose doña Catalina con una leccioncita de moral, que desentonaba horrorosamente en los labios de la buena señora.
