Ángel Guerra

Ángel Guerra

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V

Contento estaba el marino con sus palas nuevas en la hélice y el capote de monte, el cual le parecía casulla, porque se lo encapillaba metiendo la cabeza por la abertura del centro de la tela. Prenda era de mucho abrigo y comodidad para correrías invernales. Con ella y la gorra de nutria que le regaló Cornejo, y en la mano, bien un garrote, bien vara larga y a veces una tralla, ¡listo! avante toda por altozanos y barranqueras, navegando en conserva con Tatabuquenque y sus cabras… Al rayar el día, dejaba las ociosas pajas el bueno del capitán, y al instante iba en reconocimiento de la cocina, hasta avistar a Jusepa, con la cual se abarloaba sin pérdida de tiempo, obteniendo de ella un pedazo de bacalao que chamuscaba en el primer fuego que en el hogar se encendía. Golpeando la tira de pescado seco contra una piedra para ablandarla, le metía el diente. Después tira de ginebra o ron, y en franquía, mar afuera hasta la hora en que pasaban los garbanzos por el Meridiano, la una de la tarde.






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